Con el uso diario, los peines y cepillos del pelo acumulan pelos sueltos, polvo y pequeños restos de productos capilares que quedan atrapados entre las púas o las cerdas. Muchas personas nunca los limpian a fondo, sin darse cuenta de que un cepillo sucio arrastra esa suciedad cada vez que se usa.
Retira primero todo el pelo enredado con los dedos o con la punta de otro peine, trabajando con paciencia para no romper las cerdas del cepillo. Esta primera limpieza en seco facilita mucho el siguiente paso y evita que el pelo se enrede aún más al mojar el cepillo.
Un baño de agua tibia
Prepara un recipiente con agua tibia y un poco de champú o jabón suave, y sumerge el cepillo o el peine durante un rato, dejando que el agua afloje la grasa y los restos de producto acumulados. Frota suavemente con los dedos o con un cepillo pequeño de cerdas más duras.
Aclara bien bajo el grifo hasta que no queden restos de jabón, y deja que se sequen al aire, preferiblemente con las cerdas hacia abajo para que el agua no quede acumulada en la base del cepillo, donde puede favorecer la aparición de humedad y malos olores.
Prueba este método con cuidado en cepillos con base de madera o con adornos delicados, ya que el exceso de agua puede dañar ciertos materiales con el tiempo. En esos casos, un paño apenas humedecido resulta más seguro que sumergir la pieza por completo.
Limpiar peines y cepillos una vez al mes, en lugar de solo cuando se ven visiblemente sucios, mantiene el pelo más sano y evita que la suciedad acumulada se transfiera cada vez que te peinas.
Guarda cada cepillo en un lugar fijo y seco, alejado de la humedad del cuarto de baño siempre que sea posible, para que no acumule restos de producto ni desarrolle un olor desagradable con el paso de las semanas.